Hemos salido mucho este fin de semana. Como vino mi hermana a verme a D. he tratado de aprovechar para alardear de mis buenos amigos, y de mi atractivo compañero que habita junto a mí en un intento de colonización mutua, alcanzando cierto éxito en el empeño.
El viernes bajé al pueblo a dar una vuelta por la tarde que últimamente no nos azota el viento de poniente y nos es permitido andar. Vino I. a reunirse conmigo y compramos ropa y bebimos cerveza. Consumimos, pues, para mantener despierta la rueda de la moderna economía... Charlamos de lo banal y de lo que menos duela al alma democratizada y edulcorada de estas latitudes, que es la que abunda... Y no hablamos del hambre que asola el cuerno de Africa, ni de las migraciones de los somalíes a la vecina Kenia, ni del dolor de las madres al decidir qué hijo salvar... Fuimos a casa de I. y ella se duchó y se engalanó. Gastó no menos de 30 litros en el aseo pertinaz y yo puse la TV y vi algo de un atentado en Oslo, la grisura imperante de Oslo, el cielo gris y los edificios grises hechos añicos por televisión, y la juventud rubia y rota. Rota por algo de una matanza en la isla de Utoya... Se habló de grupos islamistas, divisiones de Al Qaeda con que se amenaza la democracia de estas latitudes. Se habló del terrorismo que ha fundado el fundamentalismo islámico. Se habló de moros que mataban jóvenes en una isla...
Se lo comenté a I. de pasada, mientras ella salía de su habitacion rodeada de una aureola de vapores embriagadores y encaramada su mirada a los alféizares de las ventanas más altas... ¿Ah sí? Qué fuerte, fue todo lo que dijo.
Nos reunimos con J. y no hablamos del tema, él no lo sacó, yo tampoco. Hablamos de chicos, J. decía que I. no le diera más vueltas al asunto (a un asunto de penes desusados y corazones inhabilitados). No hay que obsesionarse. Pero yo no le dije a J. que prefiero la obsesión porque lleva a la subversión y a la acción...
Así pues, el viernes, aún no llegada mi hermana, fuimos a cenar tapas baratas a una callejuela de ambiente andaluz, a fumar y a beber cerveza de barril sin gas con gusto a madera sudada, que me traía imágenes portuarias de gotas que perlan la frente de algún estibador bajo el sol de la tarde frente al mediterráneo... Más tarde fuimos a un bar de moda aquí en D. y había gente joven, sumida en la enfermedad que es la juventud en estas latitudes, que se pavoneaba y se contorsionaba y se azuzaban unos a otros... Luego fuimos a dormir. Creo que esa noche no hicimos el amor.
El sábado llegó ella por la mañana. La casa estaba soleada por ese abrazo matutino del calor desde allá donde nace, el este, y su abrazo recorría la casa silenciosa y limpia. Quería impresionar a mi hermana y la limpié. Qué grande y qué bonita, exclamaba ella. Sí, este es mi nuevo hogar fundado aquí en D. Quería impresionarla y demostrarle que yo sí sé vivir alejada de las faldas de pana maternas y de la mirada cuidada paterna. Le comento lo del atentado y parece sorprendida. Me siento aliviada, pensé que una matanza a un grupo de jóvenes en una isla enterrada en sombras y agua helada no interesaba a los jóvenes de hoy que gastan 15 euros en ir al Mc Donald1s y luego al cine a ver películas sobre matanzas de jóvenes en islas enterradas en sombras y en aguas heladas...
Fuimos a la playa con el coche, aquí lo hacemos todo con el coche. Tal vez es el calor el que nos ayuda a justificar nuestro gasto de diésel y nuestra ausencia de gasto "energético" (sedentarismo atroz en el que vivo sumergida). Pero fuimos en el coche. El cielo era de un blanco sucio que contrastaba con algunas nubes macilentas, como en uno de esos anuncios de lejía en que se compara una manga de camisa blanca lavada con el detergente de moda y otra sin él. Solo que en este caso no había blancor ni en el cielo ni en las nubes.
Mi amiga la noruega me escribe un sms sobre el atentado. Conmocionada, aterrada, me escribe que aún no se sabe la cifra de muertos pero que se trata de un joven noruego perteneciente a un grupo de ultraderecha y que había actuado solo. Mi hermana y yo mostramos auténticos signos de sorpresa y estupefacción. Un racista islamófobo... cuando justo unas horas antes habían sido acusados los grupos islamistas...
El fin de semana transcurre entre pubs de moda, cubatas a 8 euros que nos podemos permitir, arroces junto al mar y música atronadora. Ha muerto Amy Winehouse este fin de semana, a los 27 años. La gente parece más sorprendida que ante la noticia de la matanza de la isla de Utoya de la que nadie comenta absolutamente nada. Se lo digo a J. que dice que porqué me afecta esta matanza y no las muertes diarias en los países de "abajo". Le digo que, por desgracia, siento más empatía por los vecinos noruegos que por los lejanos africanos... Pero él no parece afectado ni por los somalíes trashumantes ni por los jóvenes noruegos pertenecientes a un partido socialista, tan jóvenes y ya inquietos, ni por la muerte de Amy Winehouse... Aquí no sé si será el calor pero nadie parece afectado por nada. Creo que es el botox que reduce las líneas de expresión hasta su desaparición y hasta el alma exangüe.
Hoy he soñado que a mi padre le daba un ataque, y se ponía morado y no podía respirar. Yo trataba de ayudarlo y pedía ayuda. Venían a socorrerme dos primos míos que no ayudaban a portar a mi padre al que llevaba yo en volandas, provista de una descomunal fuerza. Mis primos sólo me abrían el paso, ataviados en sendos trajes con corbata, pulcros y hieráticos. Me he despertado triste, angustiada y aterrada, no sé si por la asfixia de mi padre o por la imperturbabilidad de mis primos ante el sufrimiento ajeno...
Pero no hace falta soñar. El terror nos ha salpicado a todos este fin de semana y nadie, absolutamente nadie, parece haberse dado cuenta.
Demonios.
lunes, 25 de julio de 2011
martes, 19 de julio de 2011
DULCE INFANCIA
Tengo los párpados inferiores hinchados como orugas desangrándose en el palo con que las pinchara el niño porculero de turno, como el que ahora mismo pincha y rechincha mi paz aquí en el trabajo... Gritos pertinaces, agudos, chirriantes como puertas de goznes hipersensibles... Niños que se inventan las palabras porque no pueden mover sus lengüecitas más rápido que un cachorro de gato que aprende a lamerse las patitas delanteras. Entonces el niño porculero de turno, como el que ahora mismo grita en la sala de espera de acústica desesperante que multiplica en demasiados decibelios cualquier llanto desconsolado, el niño porculero grita porque total una mano gigante y amenazadora se cierne sobre sus ojos nuevos que aprenden lo nuevo con vete a saber tú que sospechosas intenciones...
Ojalá, y digo ojalá, pudiera yo gritar de pronto así cada vez que me sale algo mal o cada vez que no estoy de acuerdo con el proceder de los magnates de la ciencia (oséase, mi puto jefe), me tiraría al suelo y patalearía hasta caer rendido, y luego parlotearía un idioma nuevo para insultar a la gente que detesto sin que me entendieran con mi lengüecita, que no es nueva (pues muchas superficies y rincones y abreviaturas ha surcado como marinero las aguas del mundo) trastearía mi lengua entre los dientes malsanos palabrería malsonante que me inventaría como el puto niño de la sala de espera que no para de gritar "Amíiiiiiii, amíiiiiiiiii" en un intento de aunar las dos únicas cosas que conoce su cerebro casi inexistente y por supuesto, subdesarrollado: mami y a mí. Mi madre y yo. La que me parió y yo mismo, yo yoyoyoyoyoyoyoyo....
Por dios, mi instinto asesino (todos tenemos uno y el que diga que no, miente, por supuesto, banalidades del post pero tengo que ejercitar mi maltrecho dedo, a saber dónde lo habré metido...) mi instinto asesino está aflorando con cada llanto del crío ese. Le liberaría de los brazos del orco cualquiera que será su médico pero tiene que aprender que la vida es dura y está llena de obligaciones, y que algo es una obligación no cuando se lo impone uno mismo, sino cuando te lo imponen desde fuera. Haz. Ve. No. Coge. Corre. Piensa. Di. Habla.
Malditas cuerdas vocales tiernecitas como lombrices o como tripas de cordero lechal las que habitan su garganta, pues los sonidos que ésta emite me enfurecen por lo agudos, se introducen hasta lo más profundo, yo, que últimamente necesito el silencio y la paz, que algún tipo de autismo siempre me caracterizó y algún Gilles-de-la Tourette también, cagüendios...
Ahora otro dulce infante dice holaaaaaaa como si a mí me importara algo su existencia, y le contestan que-sí que-vale-que-hola-que-te-calles.
Me llega un paciente al que revisar justo justito cuando iba a tomarme un café...
Hostias.
Ojalá, y digo ojalá, pudiera yo gritar de pronto así cada vez que me sale algo mal o cada vez que no estoy de acuerdo con el proceder de los magnates de la ciencia (oséase, mi puto jefe), me tiraría al suelo y patalearía hasta caer rendido, y luego parlotearía un idioma nuevo para insultar a la gente que detesto sin que me entendieran con mi lengüecita, que no es nueva (pues muchas superficies y rincones y abreviaturas ha surcado como marinero las aguas del mundo) trastearía mi lengua entre los dientes malsanos palabrería malsonante que me inventaría como el puto niño de la sala de espera que no para de gritar "Amíiiiiiii, amíiiiiiiiii" en un intento de aunar las dos únicas cosas que conoce su cerebro casi inexistente y por supuesto, subdesarrollado: mami y a mí. Mi madre y yo. La que me parió y yo mismo, yo yoyoyoyoyoyoyoyo....
Por dios, mi instinto asesino (todos tenemos uno y el que diga que no, miente, por supuesto, banalidades del post pero tengo que ejercitar mi maltrecho dedo, a saber dónde lo habré metido...) mi instinto asesino está aflorando con cada llanto del crío ese. Le liberaría de los brazos del orco cualquiera que será su médico pero tiene que aprender que la vida es dura y está llena de obligaciones, y que algo es una obligación no cuando se lo impone uno mismo, sino cuando te lo imponen desde fuera. Haz. Ve. No. Coge. Corre. Piensa. Di. Habla.
Malditas cuerdas vocales tiernecitas como lombrices o como tripas de cordero lechal las que habitan su garganta, pues los sonidos que ésta emite me enfurecen por lo agudos, se introducen hasta lo más profundo, yo, que últimamente necesito el silencio y la paz, que algún tipo de autismo siempre me caracterizó y algún Gilles-de-la Tourette también, cagüendios...
Ahora otro dulce infante dice holaaaaaaa como si a mí me importara algo su existencia, y le contestan que-sí que-vale-que-hola-que-te-calles.
Me llega un paciente al que revisar justo justito cuando iba a tomarme un café...
Hostias.
sábado, 11 de junio de 2011
LA SEDUCTORA (2)
La seductora tenía una belleza casual. Casual como lo es la pose de un cuerpo desnudo para un estudio fotográfico: de aparente ingravidez pero demarcada por límites precisos. No era una belleza evidente. Era una belleza que ella, la seductora, sabía transmitir partiendo de elementos aislados: unos ojos color laurel, transitando entre el verde y el marrón. De cerca se adivinaban los pigmentos ambarinos que interrumpían la uniformidad jade. Parecían el polen esparcido por una abeja sobre una flor de otoño. Una boca irregular. El labio superior no ejercía el reflejo deseado que sobre una hoja de espejo se esperaría. Así, el labio inferior no correspondía a la imagen invertida del superior. Sobresalía levemente y de lejos el efecto era de pájaro que se acercaba abriendo las alas desde una perspectiva equivocada. En el centro se elevaban como dos dunas en el desierto. Y descendían en suave pendiente hasta transformarse en una línea recta y oscura. Su cuerpo era proporcionado y amable. Unas extremidades delgadas que se unían en inequívoca expresión de gratitud a un tronco recio, abandonado al uso de los placeres. Las líneas de los senos se interrumpían en súbito encuentro con el vientre curvilíneo que borraba todo indicio de intencionalidad en la actitud suya de seducir desde un perfeccionismo abominable. Era un cuerpo con los signos del abandono propios de quien se sabe poseedor de otros atractivos más suculentos. Y precisamente ese halo ajado le otorgaba más belleza si cabe por la expresión de casualidad que transmitía. Un don recibido sin algarabías.
sábado, 21 de mayo de 2011
MIS AMIGAS (2ª PARTE)
Las putas de mis amigas lo son por muchos otros motivos... Define puta. Defino. Puta es aquella señora, o señor (emulando a Hillary) que te cabrea por una cierta languidez que no se corresponde con la realidad. Puta es aquél o aquélla cuya debilidad es solo aparente, utilizándola como arma de acercamiento y falsa empatía para con una. Las putas se acercan a una con falsa estupidez, falsa torpeza, falso discurso de hundimiento, para luego resurgir más fuertes y más guapas porque lo que esconden es un complejo de deidad. Son diosas, en verdad, las putas.
Así y todo, yo caí en sus redes. Cuando las putas de mis amigas temían hacer hydrospeed por aquello de qué fría estará el agua y qué frío el ambiente, 11º pirenaicos, que se corresponden con 4º mediterráneos aproximadamente, yo las creí. Y su debilidad aparente me animaba a animarlas, me espoleaba, me inducía a mitigar sus miedos y entonces era yo la heroína, la sabia inductora de autoconfianza, la diosa. Y ante sus "noes" repetidos yo insistía todo lo que podía. Utilizaba la palabra hydrospeed para todo, a lo subliminal, que dirían los publicistas: "¿Me pasas el pan?" Hydrospeed, contestaba yo. "Dobles parejas" decía una. "Escalera de hydrospeed" era mi respuesta inmediata. "¿Qué compramos para comer?" "100 gramos de hydrospeed picado", continuaba. Así, accedieron a reservar la actividad acuática de marras ante la amenaza de convertir todo mi vocabulario en términos derivados de ese neologismo de tintes griegos.
Y para Campo que nos fuimos, con un paisaje exuberante pegado al cristal del coche, y una negrura de nubes que resaltaba más el verdor de las hayas, o los pinos, no recuerdo... Y temblábamos todas de miedo y a mí me entraba una debilidad muy honda que trataba de ignorar. Pusimos música en el coche que sonaba a marcha fúnebre. Atajo de reos dirigiéndose al paredón, éramos, en el coche.
Al llegar, yo ya solo podía utilizar la palabra hydrospeed, y gritaba ese vocablo sin ton ni son. La encargada de la actividad era una chica joven embaraza que rezumaba felicidad por los cuatro costados. A su lado, su marido trataba de convencernos para hacer rafting. ¿Estáis seguras de que no preferís hacer rafting? Es más divertido. Hydrospeed, contestaba yo. ¿Pero con este tiempo os vais a meter en el río? Hydrospeed, contestaba yo. Mira que el rafting también es peligroso, y os podéis caer al agua, y tiene su riesgo y eso... Hydrospeed, seguía yo en mis trece cual autista empeñado en la pelotita roja...
Las caras de mis amigas eran de rafting, y más considerando que I. nunca había probado el hydro. Sólo en ese momento dudé un poco de mis primeras intenciones, por aquel discurso manido sobre la amistad y el compartir y el ceder y el respetar, en el que yo no estaba muy ducha, no...
Entonces la suerte se encargó de decidirlo. Y salíó la cara de la moneda y comprendí que el destino quiso que pusiéramos a prueba nuestra resistencia en el agua.
Entonces, cuando ya la decisión estaba tomada vimos a un grupo de adonis, altos, rubios, de sonrisa abierta en abanico y mirada fulminante, que se dirigían en masa a una de las barcas del ranfting... Maldición. Eramos 3 solteras de las 5 y allí se esfumaba una posibilidad más de no morir solas...
Nos vestimos con el traje de neopreno grueso que hacía que el sudor oliera a alquitrán, nos enfundamos el chaleco, el casco, las aletas... Y nos fuimos al río Esera con nuestras tablas. Qué contenta estaba yo. Qué miedo (falso, ahora lo sé) percibía yo en las miradas de las putas de mis amigas. Que no era miedo, miedo no era ninguno, pues al meternos en el agua llena de corrientes, rápidos y rocas ellas se deslizaban por sobre la blanda superficie como sirenas en la mar, eran las sirenas con cuyos cantos morían los marineros, de tan zorras que son las pobres. Allí estaban, avanzando contra corriente sin dificultad, aleteando con elegancia de cabareteras, las cabronas. Con lo que fuman, las zorras. ¿Dónde está su capacidad pulmonar mermada por los humos ingeridos largamente durante largos años? Allí que iban, las falsas, sin miedo, con arrojo, con el valor que a mí me desapareció en cuanto introduje una aleta en el río revuelto. Yo me asfixiaba. Yo no lograba avanzar por más que aleteara. No encontraba el modo de aletear sin golpearme las rodillas contra las rocas del fondo, que el río no estaba muy crecido, no... Y la corriente me empujaba en sentido contrario, y nunca las alcanzaba, a las cabronas, yo que trataba de fumar mucho menos que ellas, sedentarias y futuras portadoras de una válvula aorto-pulmonar de bovino... Yo parecía el fuelle que aviva el fuego en las casas antiguas. Y las veía alejarse, y mis piernas temblaban del esfuerzo sobrehumano. Y el monitor me preguntaba, tan seguro en su kayak: ¿Vas bien? Y yo le decía: La verdad es que no... Y se iba, sonriendo e ignorando que yo no bromeaba.
El tramo a recorrer era infinito, nunca una hora y media fue tan larga y llena de horror, nunca. El casco me tapaba los ojos, y mi miopía me impedía ver más allá de las aguas enturbiadas. De pronto, no vi una piedra que habitaba bajo un salto de agua y allá que estampé mi maltrecho tobillo izquierdo, portador de dos esguinces mal curados.
Yo me agarraba como podía a mi tabla pero mis bíceps ya no podían sostener mi peso. Y las zorras de mis amigas surfeaban sin remilgos, sorteando piedras y saltos, atrapando las mejores olas sin perder la compostura ni el casco, sin despeinarse a penas, y hablando animadamente porque aún el esfuerzo, nimio para ellas, les permitía hablar y comentar las mejores jugadas.
Putas mentirosas de miedo fingido... ¿También es falso lo que fumáis? ¿El humo del cigarro es limpio aire que respiráis? ¿Las grasas saturadas que ingerís a diario son antioxidantes en vuestros organismos de diosas?
Nunca más... Nunca.
Así y todo, yo caí en sus redes. Cuando las putas de mis amigas temían hacer hydrospeed por aquello de qué fría estará el agua y qué frío el ambiente, 11º pirenaicos, que se corresponden con 4º mediterráneos aproximadamente, yo las creí. Y su debilidad aparente me animaba a animarlas, me espoleaba, me inducía a mitigar sus miedos y entonces era yo la heroína, la sabia inductora de autoconfianza, la diosa. Y ante sus "noes" repetidos yo insistía todo lo que podía. Utilizaba la palabra hydrospeed para todo, a lo subliminal, que dirían los publicistas: "¿Me pasas el pan?" Hydrospeed, contestaba yo. "Dobles parejas" decía una. "Escalera de hydrospeed" era mi respuesta inmediata. "¿Qué compramos para comer?" "100 gramos de hydrospeed picado", continuaba. Así, accedieron a reservar la actividad acuática de marras ante la amenaza de convertir todo mi vocabulario en términos derivados de ese neologismo de tintes griegos.
Y para Campo que nos fuimos, con un paisaje exuberante pegado al cristal del coche, y una negrura de nubes que resaltaba más el verdor de las hayas, o los pinos, no recuerdo... Y temblábamos todas de miedo y a mí me entraba una debilidad muy honda que trataba de ignorar. Pusimos música en el coche que sonaba a marcha fúnebre. Atajo de reos dirigiéndose al paredón, éramos, en el coche.
Al llegar, yo ya solo podía utilizar la palabra hydrospeed, y gritaba ese vocablo sin ton ni son. La encargada de la actividad era una chica joven embaraza que rezumaba felicidad por los cuatro costados. A su lado, su marido trataba de convencernos para hacer rafting. ¿Estáis seguras de que no preferís hacer rafting? Es más divertido. Hydrospeed, contestaba yo. ¿Pero con este tiempo os vais a meter en el río? Hydrospeed, contestaba yo. Mira que el rafting también es peligroso, y os podéis caer al agua, y tiene su riesgo y eso... Hydrospeed, seguía yo en mis trece cual autista empeñado en la pelotita roja...
Las caras de mis amigas eran de rafting, y más considerando que I. nunca había probado el hydro. Sólo en ese momento dudé un poco de mis primeras intenciones, por aquel discurso manido sobre la amistad y el compartir y el ceder y el respetar, en el que yo no estaba muy ducha, no...
Entonces la suerte se encargó de decidirlo. Y salíó la cara de la moneda y comprendí que el destino quiso que pusiéramos a prueba nuestra resistencia en el agua.
Entonces, cuando ya la decisión estaba tomada vimos a un grupo de adonis, altos, rubios, de sonrisa abierta en abanico y mirada fulminante, que se dirigían en masa a una de las barcas del ranfting... Maldición. Eramos 3 solteras de las 5 y allí se esfumaba una posibilidad más de no morir solas...
Nos vestimos con el traje de neopreno grueso que hacía que el sudor oliera a alquitrán, nos enfundamos el chaleco, el casco, las aletas... Y nos fuimos al río Esera con nuestras tablas. Qué contenta estaba yo. Qué miedo (falso, ahora lo sé) percibía yo en las miradas de las putas de mis amigas. Que no era miedo, miedo no era ninguno, pues al meternos en el agua llena de corrientes, rápidos y rocas ellas se deslizaban por sobre la blanda superficie como sirenas en la mar, eran las sirenas con cuyos cantos morían los marineros, de tan zorras que son las pobres. Allí estaban, avanzando contra corriente sin dificultad, aleteando con elegancia de cabareteras, las cabronas. Con lo que fuman, las zorras. ¿Dónde está su capacidad pulmonar mermada por los humos ingeridos largamente durante largos años? Allí que iban, las falsas, sin miedo, con arrojo, con el valor que a mí me desapareció en cuanto introduje una aleta en el río revuelto. Yo me asfixiaba. Yo no lograba avanzar por más que aleteara. No encontraba el modo de aletear sin golpearme las rodillas contra las rocas del fondo, que el río no estaba muy crecido, no... Y la corriente me empujaba en sentido contrario, y nunca las alcanzaba, a las cabronas, yo que trataba de fumar mucho menos que ellas, sedentarias y futuras portadoras de una válvula aorto-pulmonar de bovino... Yo parecía el fuelle que aviva el fuego en las casas antiguas. Y las veía alejarse, y mis piernas temblaban del esfuerzo sobrehumano. Y el monitor me preguntaba, tan seguro en su kayak: ¿Vas bien? Y yo le decía: La verdad es que no... Y se iba, sonriendo e ignorando que yo no bromeaba.
El tramo a recorrer era infinito, nunca una hora y media fue tan larga y llena de horror, nunca. El casco me tapaba los ojos, y mi miopía me impedía ver más allá de las aguas enturbiadas. De pronto, no vi una piedra que habitaba bajo un salto de agua y allá que estampé mi maltrecho tobillo izquierdo, portador de dos esguinces mal curados.
Yo me agarraba como podía a mi tabla pero mis bíceps ya no podían sostener mi peso. Y las zorras de mis amigas surfeaban sin remilgos, sorteando piedras y saltos, atrapando las mejores olas sin perder la compostura ni el casco, sin despeinarse a penas, y hablando animadamente porque aún el esfuerzo, nimio para ellas, les permitía hablar y comentar las mejores jugadas.
Putas mentirosas de miedo fingido... ¿También es falso lo que fumáis? ¿El humo del cigarro es limpio aire que respiráis? ¿Las grasas saturadas que ingerís a diario son antioxidantes en vuestros organismos de diosas?
Nunca más... Nunca.
miércoles, 11 de mayo de 2011
domingo, 8 de mayo de 2011
PARIS, JE T'AIME
Adoro París. Creo que en otra vida fui francesa, pero más que francesa, parisina, si se me permite. Porque sé que la mayoría de franceses detestan a sus compatriotras de la gran urbe. Pero yo adoro París y sus habitantes. Suspendido por fin el examen (maldito examen, qué preguntas más jodidas, y la parte oral puso a prueba mi escasa capacidad de habla inglesa mermada más aún si cabe por la inseguridad que produce la conciencia de la propia mediocridad... fue patético...) suspendido el examen, como decía, me quedé sola unas horas mientras mis compañeros iban a recoger su bien merecido diploma. Hacía un calor acuciante, ahora mismo lo hay, mientras escribo en la cama de un apartamento que nos ha alquilado alguien no recuerdo quién... En la rue de Saint Denis 123. Es un barrio animado. Hay árabes y negros y adolescentes que pasean de dos en dos. Yo me paseo por el barrio latino y por Saint Germain du pres. Entro en un bar y me pido una botella de agua. Calor. El camarero es amable y me pregunta quién eres, qué haces, bla bla bla. Yo prosigo al cabo mi viaje por las orillas del Sena plagadas de librerías de viejo. Desciendo junto a la orilla y me siento a mirar el agua. Y pienso en muchas cosas que se mezclan y me marean... París... ¿Sería yo feliz aquí, sin mi mediterráneo? Sí, probablemente lo sería. Llegan mis amigos, nos vamos al Louvre, qué calor, maldito calor... Paseamos por los Campos Elíseos. Me compro un paquete de Fortuna por cinco euros con ochenta. La hostia. Maldito París... Cogemos el metro... Atestado de gente pegajosa y ni un ápice de aire que respirar... Maldito París... Descendemos en nuestra parada. Y nos encontramos en la puerta de un local donde va a empezar un concierto de jazz gratuito. Adoro París. Es un quinteto que toca música folclórica de la Europa del Este como en una película de Emir Kusturika... Acordeón, guitarra, bajo, percusión... Los tíos se emocionan y comienzan a improvisar y los intrumentos emiten ruidos extraños agudos y chirriantes y es todo una catarsis que me emociona y me anima a seguir adelante con mi vida no parisina, porque la mayoría de la gente vive una vida no parisina... Me encanta el cocierto. Hay gente muy variada y muy joven, la ancianidad es un tabú en París... Qué calor... Qué bonito... Y la gente es culta y silenciosa pero sonríe y todo parece mejor aquí... Pero el tráfico... Y las multitudes... Entonces creo que echo de menos un poco de aire libre, de espacio en el que desenvolverme... Y creo que quiero regresar ya a mi submundo de pacientes insufribles y jefes y trabajo... No, en verdad no quiero, estoy hasta los huevos del trabajo...
¿Cuántas contradicciones caben dentro de un ser humano?
Más tarde haré los cálculos, ahora no me apetece...
¿Cuántas contradicciones caben dentro de un ser humano?
Más tarde haré los cálculos, ahora no me apetece...
lunes, 25 de abril de 2011
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