miércoles, 23 de febrero de 2011

RESISTENCIA

Visto lo visto, así como el ojo como entidad anatómica resiste los manoseos de los jóvenes inexpertos (resiste colapsos, resiste pinchazos, y tensiones altas y tensiones bajas) y el ojo sigue adelante con su forma de ojo y su agudeza visual más o menos decente, que digo yo para qué querrán ver más esos pobres viejos que ya lo saben todo y todo lo han vivido. Si el ojo sobrevive, a lo mejor mi cuerpo también sobrevive al embiste de algún coche, hoy, en la autopista...
Ah la vejez, la vejez, qué incómoda es... Qué ralentizado va el cuerpo, qué difícil lograr aunar nuestros conceptos y los suyos en un mismo concepto, discutible y común. Qué aislamiento, si la vista decrece, y el oído decrece. Seres temerosos que andan a tientas en su mundo lento lento lento que no lograremos comprender jamás. Y esos alientos de viejo que nos tiran a la nariz cuando nos acercamos demasiado a ellos, ¿por qué huele así el aliento de los viejos?
Mi voz galopaba atroz por mi laringe dañada para hacerme entender, pero ellos se quedaron en sus vidas lentas y yo ya no sé ni cómo dirigirme a ellos, los viejos pacientes que me envuelven, a diario, y a los que trato de apreciar... Trato de apreciar... Dificilmente puede apreciarse la vejez ajena.
Ya ando acojonada pensando en el trayecto que me espera de una hora y cuarto con el coche... Imágenes sobrecogedoras se agolpan en mi mente. ¿Y si no llego viva? ¿Y si resulta que es hoy el último día de mi vida? Trataré de no pensarlo...

martes, 22 de febrero de 2011

PONIENTE

Esta mañana he perdido el autobús de las 7.30 que me lleva al Hospital de D. Como me alojo en D. los lunes y los martes, alejando de mí ese sentimiento de culpa al que me lleva mi propia existencia y que se ensancha cuando circulo en mi vehículo, puedo subir hasta el hospital en autobús. Pero he perdido el de las 7.30. Entonces he buscado un bar, para pasar la hora restante hasta el siguiente autobús, y en mi periplo por las calles de D. he atisbado el mar, a lo lejos, tan cerca de una. Soplaba un viento cálido de poniente, y el sol era rojo y limpio, sin ese velo que la humedad produce sobre el sol y los colores en general en D. El poniente es ausencia de humedad, y de pronto se alcanza una nitidez insospechada alrededor. Los colores son puros; el pelo se me alisa sin necesidad de secador, con el poniente, y mis ansias de ver el mar se acrecentaron a la vez que decrecía la luna llena que ya no es llena porque se vacía cada día. El callejón en el que me encontraba estaba oscuro y algunas estrellas persistían, por ahí. Pero el sol me atrajo y he paseado durante una hora frente al mar, alborotador -le alborotaba a una de lo encrespado que se mostraba, de nuevo, por el viento de poniente-.
Hoy al fin se ha cerrado la herida en la córnea del señor A. que yo misma le ocasioné al quemarle la incisión por una potencia demasiado elevada de los ultrasonidos. Hoy al fin, tras un mes de idas y venidas y de una gran descofianza manifiesta, el paciente se halla por fin, estable. Ningún humor chorreaba de la herida como riachuelo escapado del río que le diera origen. Su desconfianza ha persistido pero esta vez el señor me ha sonreído.
(Algunos otros, orondos como obleas, con sus pieles escamadas de pez, me rozaban las rodillas sin querer mientras los examinaba en la lámpara diminuta para sus enormidades. Yo me he sobresaltado, nerviosa y aterida como un animal moribundo).

lunes, 21 de febrero de 2011

COMPLEJO

La gente que se siente culpable por existir no debería, pues, existir. Uno anda con la idea de que debe ir pidiendo perdón por todo cuanto decide llevar a cabo. Y esto se pone más en evidencia en la carretera. Ahora que trabajo en el Hospital de D. me veo obligada a conducir la nada desdeñable cifra de 100 km desde la puerta de mi casa hasta el párking (no gratuito) del hospital, cada lunes y cada miércoles y cada jueves. Este recorrido me lleva una hora y cuarto, aproximadamente. Y durante todo el trayecto de hoy, en que iba escuchando a Placebo una y otra vez por miedo a quitar la vista de la carretera si me atrevía a cambiar de CD, durante todo el trayecto, digo, me atenazaba un sentimiento de insignificancia, de vergüenza por el bulto que era yo en la carretera, por la existencia que era yo junto al resto de conductores. Jamás había conducido antes, ni había osado ocupar el asiento del conductor. Y aún ahora se me olvida guardarme la llave, MI llave, en mi bolso, por aquello de que me pertenece y tal. Como sujeto pasivo que tiendo a ser, la ejecución de un acto tan arriesgado como el de navegar por el asfalto durante una hora y cuarto, con todos esos coches que me amenazan y que sé que piensan que yo no tengo derecho a circular junto a ellos, resulta cuanto menos, grotesca. Iba encogida durante todo el recorrido, con los ojos pequeñitos cuando el sol de poniente ha comenzado a asomar frente a mí. Y busqué a tientas mis gafas de sol mientras aminoraba la velocidad, y los coches de detrás se impacientaban y los imagianaba insúltándome en sus vehículos con Maria Callas en el MP4., ejecutivos importantes que no deben llegar tarde, seres de espíritu sensibilísimo a los que he arrancado la furia y el odio, cómo he sido capaz, yo, dios mío. Tiendo a creer que mi labor es menos importante que cualquier otra labor del mundo, y que mi coche es más abultado e hipertrofiado e imperfecto en la carretera que cualquier coche del mundo, y que el puesto que he ocupado en el párking del hospital debería haber ido destinado al mercedes que me sucedía, sibilino, como una serpiente venenosa. La gente con sentimiento de culpa no debería conducir, ni hablar, ni reír, ni ocupar su trozo de espacio porque siempre cree que ese trozo de espacio puede ir destinado a cualquier otra cosa (una carretilla con ladrillos, por ejemplo).

Menos mal que he descendido de mi vehículo y entonces, mi existencia ha vuelto a cobrar algo de sentido.

sábado, 19 de febrero de 2011

TERRORISMO

No entiendo para qué sirve trabajar. Trabajar aliena cuerpo y mente, como se decía antes, palabra referida a las dictaduras comunistas y que me recuerda al libro de Orwell. Trabajar te mata poco a poco. No sólo te priva de tu tiempo libre para NO HACER ABSOLUTAMENTE NADA, sino que, aun cuando una logra recoger escasas migajas de tiempo, está una tan agotada, tan jodida, tan arrepentida por ciertos actos cometidos en quirófano, por cierto desdén que mana de dentro de una hacia una misma pero que escupe a bocajarro sobre las arrugas de los pacientes que tanto la impacientan, está una tan asfixiada por un sentimiento de culpabilidad fruto de sus andares aniñados y de su infantilismo enervante (que se desvanezca lo infantil en ella, que no balbucee sus inseguridades cuando está labrando mejorías sobre los ojos de los viejos, por dios; que deje de farfullar improperios a través de la mascarilla, que los viejos también oyen; cállate, niña tonta, cállate, inmoral, qué clase de médico de mierda eres tú; no tienes la educación de la discreción; no sabes mascullar una palabra de alivio tras una cirugía trabajosa en la que la puta lente intraocular se quedó a medio camino de su posición efectiva; y el paciente, aunque francés, no es gilipollas. ¿O crees que no percibía tu miedo, tu terror, en tu voz entrecortada y en tu crispación para con las enfermeras de voz chirriante que hacían que te chirriara el bisturí en la mano?) No se trata de hacer papiroflexia y de que se te resista la puta pajarita de papel y el sapo de papel que salta cuando lo aprieta uno por detrás. No. Se trata de personas, que se te olvida siempre. Tanta esterilidad, tanto campo quirúrgico reducido a un ojo que asoma sin conexión alguna con el resto del cuerpo de la persona que subyace, horizontal y aterrada... ¿No sabes aliviar, no sabes depositar tus manos sobre esas cabezas que si las tocas sí tienen su forma de cabeza aunque parezca que no porque no las ves con tanto paño estéril impoluto y azulado? ¿No sabes desenterrar lo humano que habita ahí debajo? ¿Por qué no te tragas todas tus palabras malsonantes y te dedicas a vender flores de bar en bar si de despreciar a la gente se trata? Compre rosa. No. Pues que te jodan. Desprecio. ¿De dónde sale, de dónde? ¿Del miedo, del miedo? ¿Quién te enseñó el puto miedo, quién? ¿Por qué no eres valiente, confiada, y ejecutas tus actos limpiamente, que para eso te has formado durante putos años de mierda de formación continuada de mierda? Cállate, cállate ya que me das tristeza, me dan tristeza los pacientes que te oyen proferir tus amarguras de niña amargada y trágica. Que no todo es tragedia, que no y que no y que no. Déjate los valium o déjate la medicina. Pero trata de ser feliz y de hacer felices a los demás. Deberían, a veces, castigarte por infundir más miedo del que tienen ya los pobres viejos. Médica del terror. Ay...

viernes, 18 de febrero de 2011

"¿Puede entrar mi señora?"


-“¿Puede entrar mi señora?”. Su señora, querido amigo, supondría un elemento hostil en este espacio aséptico, como un quejido de placer proferido desde el alma del asceta.
Y el demente se revuelve bajo el paño estéril. La cirujana suspira con afectación de actriz, y prosigue. Disección conjuntival con tijeras romas. Cauterización de la superficie escleral. Incisión con bisturí de 30. Yo la sigo en sus pasos con sumo cuidado. Voy limpiando los restos de sangre con la hemosteta para permitir la correcta visualización del campo quirúrgico en todo momento. Tras su mano sigue la mía de movimientos torpes. “¡Suero!”. He de irrigar la córnea que permanece ajena y reseca, orientada hacia El Hades por el hilo de seda que, a modo de polea, suprime su voluntad. ¿En qué se transforman las miradas de los ojos que no son ojos sino marionetas construidas con  hilos de seda? El paño recubre toda la cabeza del demente dejando al descubierto El Ojo. La cirujana ha atrapado el músculo recto superior con un hilo de seda de cinco ceros de grosor y ha tirado de él hacia arriba, provocando la obscena posición de la córnea, que  muestra su expresión de expiación por pecado jamás cometido.
Y el párpado que no la recubre le otorga un inusitado sentimiento de vergüenza ante la desnudez concedida. El párpado está atrapado en un cepo que suprime su voluntad de parpadear. Pobre ojo, desnudo y arrepentido. Si se lo mirase desde abajo diríase que es asombro lo que lo envuelve. O algunos pensarían que el pánico invade su desorbitado espacio. Mirada desorbitada desde abajo, aflicción impuesta desde arriba.
“¿Puede entrar mi señora?”. La cirujana detiene su actividad precisa. “¿Qué le sucede, señor?” En brusco ademán deja el bisturí sobre la mesa y su voz también es brusca. Se escucha un balbuceo. “No puedo respirar”. La expresión de tal estado de angustia la irrita todavía más. ”Sí que puede respirar”. Y prosigue su tarea. Disección del colgajo escleral hasta el limbo corneal.  De nuevo cauterización. El lecho blanco parece una cama de sábanas recién cambiadas. Un espacio que invitara a la creación. Pero no hay posibilidad de creación, los pasos han sido perfectamente aprendidos, laboriosamente practicados durante lustros, automáticamente reproducidos durante décadas. No existe la osadía de modificar la trayectoria impartida por los predecesores sabios. La mano del cirujano es la del ensamblador de piezas en la cadena de una fábrica. No hay nada que temer.
El demente se revuelve, gimiendo. “No puedo respirar”. La auxiliar de voz dulce se aproxima y le dice que no se mueva. “Es que no puedo respirar”. 
Yo sólo quiero liberar al demente de mirada afligida. “Le haremos un agujero en el paño para que pueda respirar”. La cirujana ha detenido de nuevo su actividad y resopla desde su trono. Yo irrigo la córnea.
“Quiero que entre mi señora, si ella entrara…” No podemos concederle su deseo, querido amigo demenciado por el pánico que le hemos impuesto a su ojo si se le mirase desde abajo.
El anestesista mira por encima de sus gafas de cerca. No tiene intención de participar en la escena. Ni siquiera parece irritado por haber sido interrumpido en su lectura. Tan sólo mira, ausente.
La cirujana pretende acabar su tarea. Aún queda la aplicación de mitomicina a concentración de 0,02 %, realizar la trabeculectomía y cerrar.  Pide a los asistentes que comuniquen al anestesista si acaso pudiera hacer algo…
“De acuerdo, 5 mg de midazolan, así se tranquilizará, compañero”. Empiezo a inquietarme, pero la esterilidad envolvente me impide dar muestras de mi estado porque he de tener cuidado de no contaminarme con lo ajeno. Me irrita la utilización de la palabra “compañero”, ese ademán de cercanía resulta grotesco y acrecenta aún más la soledad del demente que gime desde su estática postura. Indefenso ser en la oscuridad de lo prohibido. Indefenso ser que yace bajo el paño estéril. Acaso lo único certero que en esa palabra haya sea nuestra común incapacidad de mostrar los funestos sentimientos por el miedo a contaminarnos con lo ajeno. Pero él yace en lo prohibido, en el mundo contaminado, bajo pliegues de verde impoluto, y yo me hallo en el lado de la pureza, sudando bajo mi túnica. La reina suspira en su trono mientras el enfermero sigue las instrucciones del anestesista e induce el dulce sueño.
Empapa la cirujana reina el lecho escleral con mitomicina a la concentración de 0,02 % durante sólo unos segundos. Luego yo irrigo con abundante suero fisiológico para no prolongar el efecto antimitótico que sería destructivo a la larga. “¿Puede entrar mi señora?”. “¡Pero qué significa esto!” Con el bisturí alzado por la interrupción diríase que  se dispone a batirse en duelo. “¡Qué significa esto, no comprende que no puede moverse ni hablar, que no nos está dejando hacer nuestro trabajo!” “¡Pero es que yo ya no quiero que me operen, lo único que quiero es salir de aquí, no lo soporto más!” Mucho me temo, mi querido demente, que eso debiera haberlo pensado antes. Su ojo ya ha sido mancillado y el daño tan sólo puede reparase con unos minutos de paciencia. “¿No me oyen? ¡Quiero salir de aquí, quiero que entre mi señora!” Ahora sus movimientos muestran la vehemencia del que lucha por un noble ideal. Se contorsiona en movimientos que adivinamos por los pliegues que surcan el paño como carreteras y canales y ríos… El demente se contorsiona ante mi mirada atónita. Trago saliva y sólo se oye el roce de su cuerpo contra el paño verde. Pobre larva que aún no debe abandonar la crisálida. “¡Esto es intolerable! ¡Debían haberme advertido de esto!” compungida la cirujana desde su trono. Tras su voz atronadora se escucha un golpe seco. “¡A ver si así se está quieto!” Primera estocada, touché. Pero los nudillos han sustituido el florete y la frente, el pecho. Escucho risitas entre el público. La saliva inunda mi boca y trago una y otra vez. ¡Resiste, compañero de lo prohibido! Durante unos instantes el paciente yace inmóvil.  El anestesista sonríe. “Compañero, no crea que esto es maltrato, tan sólo queremos que se esté quieto”. El enfermero ríe de felicidad con chillidos agudos. “¡No se rían de un pobre viejo!”. La auxiliar se compadece. “Caballero, tiene que dejar terminar a la cirujana, tranquilícese”. Algo se recompone en mi interior.
“¡Dejadle en paz, menudo numerito está montando, y esa obsesión por su señora, jamás entendí esa dependencia hacia el cónyuge de algunas personas!”. Yo me revuelvo en mi silla. “Ya lo ha oído, compañero, no es usted un hombre de verdad”. De nuevo los agudos chillidos del enfermero. “No se enfaden conmigo, yo sólo quiero irme…” Segunda estocada de nudillos sobre la testa. “¿Aún no ha aprendido a estarse quieto, o qué? ¡Habrase visto cosa semejante! Perdiendo mi tiempo por este viejo que no para de llorar… ¡Agradecido debería de estar por operarle, señor, menudo numerito!”.
Quiero desaparecer de la escena. Liberar al bufón y correr. Miro de reojo a la cirujana. Remolinos de arrugas se aúnan en una sola línea, dando origen a los rasgos de notable sobriedad. Frente altiva y verbo belicoso. Pero noble ejercicio al que ha consagrado su existencia con una pasión que aún percibo en el aletear sigiloso sobre los ojos de los seres que precisan su arte. Seguidora de las últimas tendencias en moda y literatura.  Suficientemente satisfecha de su matrimonio con Don Fermín. Tiene la mirada huidiza de quien ha sido expuesta a la opinión pública. Pero su esbelto cuello la  elevó sobre  los ecos de calumnias que se cernieron sobre ella cuando fue nombrada Cirujana Jefa. Detesta la insolencia y la manifestación de los estados internos. Pero lo que más detesta es la descortesía del demente frente a su arte. Noto las gotas de sudor cayendo por mi espalda. Hace mucho calor aquí dentro.
De pronto, el paciente ya no gime. Su lucha le ha agotado y reposa bajo el paño estéril. ¡Reflexiona, amigo, sobre el fracaso de tu obra! La cirujana reina detiene su actividad. Un silencio espeso se cierne como la noche. Sin terminar la trabeculectomía, cierra las heridas impuestas. ¿Acaso he visto cómo le temblaba la mano mientras suturaba la esclera? ¡Si tan sólo pudiera ver su boca, que imagino contraída en arrugas de perdón! Pero su cara es una sonrisa quieta tras la mascarilla.
El enfermero suspira y el anestesista retoma su lectura, “Efectos el propofol sobre la memoria inmediata”.
La cirujana se alza del trono y abandona la sala.
Bajo el paño estéril la masa profiere un bostezo. “¿Puede entrar mi señora?”