viernes, 18 de febrero de 2011

LA SEDUCTORA

La seductora tenía una belleza casual, como la pose de un desnudo para un estudio

fotográfico. Besaba cuellos y manos y frentes. Hallaba secretos ocultos en los hombres.

Y ellos buscaban el vientre blando para dormir.

¿Y qué hacía la seductora, junto a la inconsciencia del durmiente? Se miraba las manos

de venas tenues. Se palpaba los labios nacarados. Se acariciaba el rostro. ¡Temía

desaparecer un día consumida por las caricias, engullida por los besos, erosionada por el

roce constante del amor! Así, se embadurnaba con  pomadas para cubrir las grietas que

iban asomando en la piel. Fabricaba cremas y aceites para mantener la uniformidad de

su existencia.

Pero la seductora se consumía debajo de los cuerpos. Desaparecía la epidermis,

desaparecía la dermis. No había ungüento que cubriera su mutilación. ¡Cómo explicar

el horror que tal estado anatómico le producía! Mas sus amantes ignoraban el hecho,

creyéndola intacta.
 
Se deshizo una mañana dejando huesos y anejos. La perplejidad de los hombres se

escuchó durante años. 

miércoles, 16 de febrero de 2011

HOMENAJE

Generalmente, suelo obsesionarme durante ciertas temporadas de mi vida con autores concretos, muy acorde las unas con los otros: de adolescente pasé muchas noches en mi cama junto a Thomas Bernhard. Leí sus libros, su biografía, su correspondencia. Su escritura no era más que la aliteración de una amargura latente, por lo repetitiva y monótona. Bernhard componía sinfonías literarias, o al revés, novelas sinfónicas, pues partiendo de amplios conocimientos musicales sabía cómo emplear las palabras, unas pocas, que repetidas infinitamente, daban a sus libros un ritmo y una cadencia hipnotizantes (palabras como ANIQUILAMIENTO o INIMAGINABLE resuenan aún en mi cabeza). Bernhard el neurótico, el histriónico, el contradictorio. Era yo, de adolescente.
Más tarde caí en las redes de D. H. Lawrence. No podía comprender cómo un autor masculino, tan sensibilizada estaba yo con la causa feminista, pudiera ser capaz de crear personajes femeninos con tanta precisión.. Aquellos pensamientos que describía Lawrence tan arraigados en mentes esencialmente femeninas, aquellas pasiones atormentadas que hacían agitar pechos, arrancar gemidos, sacudir muslos y nalgas... Era yo, en mi sexualidad tardíamente descubierta.
Y en esta etapa de mi vida, siempre dura, como las anteriores, aunque tal vez más dulcificada por experiencias previas, es ahora cuando descubro a Rilke. En el Rilke que describe Todorov, encuentro mi vocación frustrada de escritora y mi voluntad descubierta de renunciar a la medicina. Alguien me persuade de lo contrario. En el Rilke de Antonio Pau encuentro la vida de un poeta que a los 50 años murió de leucemia y que vivió transitando entre la soledad que le arropara para su labor creativa, misión que le había sido encomendada, y la necesidad de afecto que nunca vio cubierta. Los NUNCAS y los SIEMPRES pertenecen a los neuróticos. En estas páginas he encontrado multitud de fragmentos autobiográficos del poeta dirigidos a sus fieles destinatarios con los que toda la vida mantuvo una correspondencia, y en estos fragmentos me hallo de nuevo tan reflejada. Por eso me ha impresionado a mí.

En Cartas a un joven poeta, Rilke contesta a su destinario: "Entre en sí mismo. Investigue el motivo que lo impulsa a escribir; compruebe si extiende sus raíces hasta el rincón más hondo de su corazón, y dígase sinceramente a sí mismo si moriría en caso de que le estuviera vedado escribir. Sobre todo pregúntese en la hora más serena de la noche: "¿Tengo que escribir?". Escarbe en su interior hasta encontrar una respuesta profunda. Y si ésta es afirmativa (...) no dude en plantearse su vida en razón de esa necesidad, porque en ese caso su vida habrá de ser, hasta en su hora más indiferente y nimia, manifestación y testimonio de esa necesidad".

Sin embargo, en los últimas días de su vida, dice a una joven doctora en derecho que duda de la compatibilidad de la labor jurídica y la literaria: " Me parece adecuado el absoluto contraste entre sus dos ocupaciones; porque cuanto más distinto sea lo intelectual, lo intencionado, lo voluntario, tanto más protege lo que viene de la inspiración, lo que sobreviene de modo impredecible, lo asombroso que llega desde las profundidades. Sin embargo, cuando las dos ocupaciones, la que es artística y la que no lo es, están relativamente próximas, se producen las influencias más nefastas".  Las palabras de Antonio Pau son mi perplejidad descrita: "Resulta llamativo, en este Rilke tardío, un cierto decaimiento interior, un cierto abandono de posiciones que mantuvo firmemente a lo largo de su vida".

¿Contradictorio?

domingo, 13 de febrero de 2011

UN HOMBRE CAMINABA SOLO

¡La primavera ya ha llegado! Puedo ver cómo crece. Una vez me quité el jersey y el abrigo, y los entregué a los abismos. Pero ahora me quito la camisa porque ya no me sirve para nada. Ahora mis brazos están desnudos y los entrego a los rayos venenosos. Y más tarde me quitaré también los pantalones y serán mis piernas blancas las que se entregarán a la caricia de los rayos, dejándose arrullar por lo dañino, creyéndose seguras en la calidez imperiosa.

Ya mis antebrazos están morenos. Ayer, sábado, crucé la ciudad entera con mi bicicleta, junto a mi hermana Kika, y ví cosas muy hermosas: ví gente paseando, adolescentes con la camiseta arremangada hasta el esternón -adolescentes de cintura breve- que refunfuñaban de la mano de sus padres; ví familias enteras creciendo en una sola forma nueva, una maraña de huesos, grasa, vísceras y cabellos que se agitaban al unísono;  todos eran partícipes de aquel movimiento, ejecutándolo de forma exacta para hacer avanzar el organismo nuevo que eran ellos mismos en un solo acto universal y necesario.
Recorrimos las avenidas más largas de la ciudad, y se hacían tan cortas a nuestros pasos. La imagen venidera se ensanchaba en nuestros ojos con la rapidez de un rayo, y esas imágenes hipertrofiadas nos hacían despertar de nuestro ensimismamiento. El sonido de la rueda en el asfalto era el latido de nuestro corazón, que se había convertido en una sola sístole prolongada y monocorde.

Recorrimos las costillas del puente nuevo, y toda esa empalizada se transformaba en una nueva imagen recogida en si misma –imagen de mástil solitario- durante una ráfaga de segundo, para luego volver a desplegar su lomo de acordeón tras el pedaleo fugaz. Esquivamos transeúntes de cintura breve y carne color arena. Ni siquiera había llegado, aún, el tiempo del jadeo.

¡Sí! Recorrimos la ciudad. Avanzábamos verticales, nos erguíamos sobre nuestras bicicletas para sentir el mundo en nuestra frente. Nos hacíamos más altas, nos alargábamos.

Teníamos que subir un puente del color de las semillas rojas. Ascendimos por el óxido, mientras el suelo temblaba y nos sacudía.

Había que cruzar otro puente sobre la desembocadura del río. El río iba a vomitar todo su lodo justo en ese lugar inimaginable. Nosotras atravesamos la desembocadura del río y vimos más cosas. Vimos a hombres que pescaban justo en la desembocadura del río.
Tres hombres de camisa abierta, que entregaban su cuerpo al arrullo de los rayos. Hombres de barrigas redondas como el mundo, hinchadas, unas barrigas que se abombaban mientras pescaban. Tenían unas sillas de plástico blanco pero ellos permanecían de pie, escarbando en el lodazal con sus cañas.

Entonces llegó el tiempo del mar. ¡El mar! Vimos el mar tatuado con imágenes de grúas que se alzaban en el cielo como dinosaurios. Ese era el mar del puerto. En sus tatuajes se dibujaban grandes grúas, y podíamos ver vértebras de hierro que se abrazaban unas a otras para darles su forma de grúa.
Allí habitaban familias enteras que avanzaban al unísono en la nueva forma creada que eran ellas mismas. Nosotras esquivábamos a las masas orgánicas. La playa espolvoreada de niños de colores. – Se me olvidó hablar de los colores- Los colores eran impuros, tamizados por una nube blanca que cubría el cielo. 

Nosotras corríamos junto a esa playa cubierta de sombrillas. Cubierta de una gran carpa de circo de cien colores.

Entonces nos desviamos por un camino que se introducía entre unos matorrales polvorientos. ¿Y qué logré ver allí? Ví un hombre que caminaba solo. Tenía una camisa blanca y no se había entregado al acto de arremolinar las mangas en torno a sus codos. Porque el hombre que ví allí no podía pensar en el sol que mancillaba su rostro. Ni podía pensar en nada. Su rostro estaba atenazado por una mancha, una gran mancha que cubría su rostro de abajo hacia arriba. La piel morena se abría para expulsar el calor. Pero a él no le importaba el calor. El cabello oscuro permanecía olvidado en lo alto. El hombre que yo ví tenía un papel en la mano. Lo arrugaba entre los dedos mientras la mancha de su rostro avanzaba de abajo hacia arriba hasta cubrirlo por completo. Ví cómo la gran bola de la garganta se agitaba como una oruga en su cuello. No me salpicó la angustia del hombre que yo vi y pudimos continuar con nuestro viaje.

Cuando tuvimos que avanzar hacia la autovía ya el mar no estaba.








EMBARAZO

 Cernuda y Lorca se hallaban desparramados en orgiástica postura sobre la mesa, junto a las obras completas de Machado; Alberti y Neruda habían caído al suelo hacía tiempo, y la afanosa mano del estudioso nunca alcanzó a recogerlos; Juan Ramón Jiménez reposaba sobre una balda de ladrillos junto a Rilke, tal vez por azar o por evidente analogía; y en otras localizaciones Mallarmé corría parejo a Celan aunque los separase un siglo de por medio; y también Nicanor Parra, y Huidobro, y la Pizarnik; y Virgilio, y Dante, y los griegos… Conformaban todos ellos una nube tardía de algazara. Mi madre reposaba la cabeza en sus cubiertas, y podía oír el rumor de los versos como un río crecido que la salpicara. Mientras, yo crecía dentro de ella, despacio, y podía oír también las voces de los poetas hablándome en sus diferentes lenguas…

jueves, 10 de febrero de 2011

Siento tanto cansancio que creo que a esto se parece la muerte. Una señora menuda, de gafas antiguas que sobresalían a ambos lados de su cara me conmovió en lo más hondo... Yo no quiero que me conmuevan porque, en principio, soy inamovible. La señora me miró cuando yo grité su nombre. Me miró con un cállate en sus ojos. Plantada delante de mí, tuve que bajar la vista y me sentí recriminada ante su silencio y su furia. Pero no era furia... Era observación atenta. Ella me habló largo rato, yo le preguntaba y ella me hablaba. Me dijo que era viuda, que vivía debajo del piso de su hermana. Y que su hijo estaba en paro, tan mañoso con los ordenadores, decía, pero nunca quiso estudiar. Ella le animó a estudiar pero él se negó. Ella leía mucho, me dijo, novela policíaca y también clásicos. Y veía la tele. Pero últimamente, ni novelas ni tele. Dijo que no le importaría morirse ya. Lo dijo sin ansias, sin rubor. Y yo admiro a quien habla así. Porque la muerte es lo más terrible que uno pueda imaginar, y la señora menuda dijo que no le importaría morirse. Su marido había muerto, y ella estuvo muy deprimida. Ahora, tras la depresión, decidió que había que morirse ya.
Envidió mi habilidad con el sistema informático del Hospital de D. No es habilidad, tan sólo apariencia, pensé. La insté a matricularse en un curso de informática, sé lo terrible que es la admiración no resuelta. Dijo que ella sólo quería estar en su sillón. Descansar. De la vida. Y morirse ya.

Si fuera joven... añadió. Entonces sí querría vivir. Añadió.

Juventud, juventud, maldita enfermedad. Maldita juventud, se nos enseña a creernos inmortales, estamos enfermos de inmortalidad. Se nos otorga el vigor necesario para hacer cosas y más cosas y más y más cosas que hay que acabar para luego empezar nuevas cosas que van trazando la vida que se gasta mientras hacemos cosas, engañados de juventud.

Yo también quiero sentarme en mi sillón y esperar a la muerte sin hacer nada.

miércoles, 9 de febrero de 2011