sábado, 22 de enero de 2011
jueves, 20 de enero de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
Epistolario I
Me enamoré el mes pasado de un niño que me sedujo despacio despacio, rubio, de ojos azules, tan guapo que daba ganas de llorar el verlo. Tan espontáneo y refrescante y tanta alegría de vivir era el tenerle cerca, que sí, me enamoré como hacía tiempo no lo había estado. Y entonces comprendí que eso era lo que necesitaba, sumergirme en esa enfermedad para poder permanecer largo tiempo junto a alguien sin alcanzar el hartazgo. He cohabitado durante temporadas con hombres cuya presencia se ha tornado insoportable, y yo creía que era inevitable. Pero este niño-dios de presencia breve (el niño se rayó el día 7 de noviembre tras bellas palabras de amor y promesas de un futuro que estallaban en mis oídos de tanta felicidad, y bueno, me dejó, y yo dejé de esperarle, no hemos vuelto a saber nada el uno del otro) este niño-dios me elevó por entre los edificios, los árboles, las grúas, las antenas... y volé tan alto tan alto tan alto que la ostia ha sido mayúscula. Y bueno, ahora el enamoramiento que sigue habitando en mí necesita depositarse en algo, que no en alguien: trabajo, una falda, una peli, un libro... o mi jefe! Ahora estoy agotada de tanto amor que habita en mí sin un destinatario firme. Y su recuerdo me es tan doloroso que he pensado que sí, que se puede enloquecer de amor, o morir por amor. Y eso es lo que yo quiero. Morir de amor, o enloquecer de amor.
Ahora ando jodida de la espalda. Yo creo que una somatización de tanta emoción no expresada (ni siquiera nos acostamos el niño dios y yo, era un amor de parque, de cogerse de la mano, de mirarse mucho mucho a los ojos claros). No puedo casi ni andar.
Cómo escribir una novela I
Palabras como fantástico, estupendo, delicioso, maravilloso, celebración, comunal, festividad, unión, princesa, principado, príncipe, labios, ángel, amistad, deberían desterrarse del vocabulario de cualquier escritor en ciernes. Y por supuesto, LOS DIMINUTIVOS, no deberían existir; no tienen aplicación, hoy por hoy, conocida, salvo los destinados a animales de compañía, y en la total soledad del hablante.
Y de pronto, sin comerlo ni beberlo, me encontraba de patitas en la calle. La doctora a la que había sustituido durante ocho meses se ha reincorporado de nuevo. Cáncer de hipofaringe. Fumadora empedernida. Parece que ya le han retirado el PEG del abdomen, y persiste una leve afonía debido a la radioterapia. Sé que se cansa cuando pasa consulta, y que el miércoles pasado no pudo terminar y llamó a más de un paciente para cancelar visitas.
Yo no me he apuntado al paro pensando que era una estupidez hacer todo el papeleo trabajoso si me iban a llamar pronto del Hospital de D. Pero el problema es que no me han llamado del Hospital de D. Me han ofrecido dos sustituciones de otras dos enfermedades de esas que también asolan a los médicos como se asola a un país desarrollado (uno atribuye cierta inmunidad a los médicos y a los países desarrollados por el hecho de serlos, inmunidad ante cualquier catástrofe orgánica o inorgánica). Y yo renuncié por temor a perder mi oportunidad de trabajar en el Hospital de D. Al fin me hallo sin paro, sin sustituciones que cubrir y sin trabajo en el Hospital de D. Este mes no voy a cobrar. Esta ausencia de paga a final de mes me sustrae a mi época adolescente a la que no volvería ni loco. Me siento un adolescente echando mano de las estrenas de Navidad. Qué incertidumbre esta, qué adictiva, se me llena la boca de saliva al ver ante mí todos los caminos abiertos, y yo renunciando a todos y permaneciendo en estática postura. El camino que he recorrido a lo largo de estos años permanece acendrado, no veo huellas, no veo la tierra removida. He llegado justo al mismo punto desde el que partí hace 29 años. Y lo peor de todo, es que no me importa.
Yo no me he apuntado al paro pensando que era una estupidez hacer todo el papeleo trabajoso si me iban a llamar pronto del Hospital de D. Pero el problema es que no me han llamado del Hospital de D. Me han ofrecido dos sustituciones de otras dos enfermedades de esas que también asolan a los médicos como se asola a un país desarrollado (uno atribuye cierta inmunidad a los médicos y a los países desarrollados por el hecho de serlos, inmunidad ante cualquier catástrofe orgánica o inorgánica). Y yo renuncié por temor a perder mi oportunidad de trabajar en el Hospital de D. Al fin me hallo sin paro, sin sustituciones que cubrir y sin trabajo en el Hospital de D. Este mes no voy a cobrar. Esta ausencia de paga a final de mes me sustrae a mi época adolescente a la que no volvería ni loco. Me siento un adolescente echando mano de las estrenas de Navidad. Qué incertidumbre esta, qué adictiva, se me llena la boca de saliva al ver ante mí todos los caminos abiertos, y yo renunciando a todos y permaneciendo en estática postura. El camino que he recorrido a lo largo de estos años permanece acendrado, no veo huellas, no veo la tierra removida. He llegado justo al mismo punto desde el que partí hace 29 años. Y lo peor de todo, es que no me importa.
lunes, 3 de enero de 2011
¿No querías un poeta?
Desde siempre quise un poeta a mi lado. Había tantas referencias en casa hacia la poesía que no podía por menos que asociarla a todos mis estados de ánimo: fueron las Elegías de Duino las que mi madre lanzó a mi padre tras descubrir que la última de sus amantes era su alumna menos aventajada. Laura, la de los colmillos torcidos. Había acudido en más de una ocasión a casa para que mi padre la ayudase con los presocráticos. La pobre no entendía como alguien que vivía en un barril podía desenvolverse con total normalidad. “Es un espacio demasiado reducido” argumentaba. Ella creía que el estoicismo consistía en someter a su cuerpo a la acupuntura de la depilación- láser, y en renunciar a los bocadillos de berenjenas rebozadas que mi madre le ofrecía durante las arduas tardes de reflexión.
¡Mi madre! La pobre. Había logrado labrarse su propio futuro ahorrando el dinero que obtenía encerando el suelo del antiguo Palacio de Justicia. Cuando construyeron otro más moderno con suelo de granito, mi madre se quedó sin trabajo, pero ya tenía suficiente para abrir su propia peluquería. Así, se apuntó a un cursillo a través de un anuncio de la radio que decía: Aún no es tarde para progresar en la vida, y acuciada por una inédita ambición, se hizo una experta en el manejo de cueros cabelludos. Al principio acudía como ayudante y observadora. Rápidamente aprendió a distinguir entre champú normal y champú multivitaminado (que además encarecía el servicio). Aprendió a utilizar las palabras pelo con brío, pelo manejable, pelo con tendencia al encrespamiento, y pelo cardado. Se servía de su imaginación para dar conversación a los clientes, e inventaba chismes sobre personas absolutamente inexistentes a las que ponía nombre y apellidos, y cuyas vidas enmarañaba como enmarañaba los cabellos en los rulos erizados.
Dado que el manejo de la tijera no se le daba demasiado bien y ella gustaba de sumergir sus manos en la argamasa filamentosa, se hizo una experta en la palpación de cueros cabelludos. Tanto es así, que se apuntó a clases de frenología.
Trataba de distinguir a algún asesino en serie entre los clientes, acariciando con el dedo índice el occipucio y calculando la distancia entre éste y el apex coronal. Luego lo dividía mentalmente entre dos. Hilvanaba sus pesquisas con fábulas asombrosas que dejaban boquiabierto a más de uno. “Rosalía Alcántara es la amante del alcalde”. “Arturo Zambrano es proxeneta y además, concejal”. Leía en las cabezas como en un mapa, repasando con delicadeza las cordilleras y valles que se dibujaban entre el hueso parietal y el temporal. Inventaba futuros fastuosos para muchachas que se marchitaban bajo tintes y lociones. Acallaba los espíritus raudos y azuzaba las miradas lánguidas.
Tanto éxito obtuvo en sus narraciones, que sus compañeros la animaron a apuntarse a una clase de Narrativa, El arte de inventar.
Mi madre ya había ahorrado lo suficiente como para comprarse un modesto piso de 60 metros cuadrados en la avenida Laceración. Vestía faldas de lana merina y jerséis de cachemir. Y jamás sometió a su pelo a la corrosión de las tinturas.
“Tu pelo tiene brío”. Oyó que le decía el profesor una tarde en la que se analizó la figura del asno en Platero y yo. “Sí, lo sé” contestó ella. Desde entonces a mi madre le latía el corazón con fuerza cada vez que la mirada de su maestro la acariciaba de arriba abajo. ¡Y vaya si la acariciaba! Cuando los alumnos permanecían cabizbajos, sometidos sus cuellos a la tortura del estudio sin atril, el profesor – mi padre- acariciaba su nuca, de la que manaba un pelo brillante y sin encrespamiento, y se imaginaba hundiendo la nariz en aquellos juncos escogidos en la vena del oro. Pasaba luego al omóplato que se adivinaba a través de la tela transparente. Y mi madre iba sintiendo el recorrido de sus pupilas sobre su cuerpo: desde la nuca al omóplato. Como si una culebra infatigable se empeñara en recorrer el mundo de su espalda. Así una y otra vez durante los tres meses de verano. Finalmente, cuando el curso hubo finalizado, se obsequió al alumno capaz de hallar la palabra más representativa de la poesía de la generación beat, así como la palabra fuente lo era de la poesía del 27 –según sostenía mi padre. El concurso lo ganó Alejandra Schelmann, y la palabra que utilizó fue avituallamiento, por la evocación de la batalla librada en el interior previa a una dosis de heroína, y la sensación de plenitud espiritual que tenía lugar segundos después. Más tarde, Alejandra moriría ahogada en su propio vómito, encerrada en una sucursal del BBVA, junto a un pedazo de limón y a una cucharilla de postre.
Ese mismo día, mi madre no sentía demasiado dichosa. Había estudiado todas y cada una de las obras de Kerouak, buscando con ahínco la palabra exacta. Había recorrido la carretera entera de la mano de su autor. Había bebido litros y litros de cerveza para sentirse más próxima a su meta, pero nada. Mi padre la invitó a ir al cine para contentarla. Vieron una película de Jacques Tati y se besaron por primera vez. Mi padre iba enredando los mechones de pelo en su dedo mientras acariciaba la nuca vellosa. Se sentía feliz, al fin. Se sentían felices.
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