sábado, 2 de junio de 2012

GAJES DEL OFICIO

Yo no soy vendedora, solamente soy servil. Sí. Me postro a los pies de cuantos requieran mi verbo apaciguador, mi beso en la frente, mi caricia templada, y la templanza, porqué no, de mi espíritu cuando, empuñando el bisturí en alto me dispongo a restaurar los ojos malogrados.
Pero no soy vendedora de ningún producto reparador de las miradas inhabilitadas las tardes en la privada. Me gusta acoger a las mujeres de edad intermedia más rozando la ancianidad que poseen ese vigor en las articulaciones y en la lengua también articulada y se ríen tan a gusto y son felices, ataviadas con sus mejores galas cuando me visitan en la consulta de Padre Porta de paredes desconchadas y aparatos sin reparar, ensortijadas hasta la médula, perfumadas y maquilladas, con la voz ronca propia de quien ha sabido mandar toda la vida y su familia es un matriarcado al modo de la mamma del sur de italia. Esas mujeres orondas como obleas y un marido alargado escondido tras sus redondeces que las contempla con auténtica devoción acentuada en el modo de llevar la camisa que ellas han planchado la noche previa, en esa aquiescencia tatuada en el rostro desde siempre y para siempre porque ellas les procuran una vida dichosa con su energía exacerbada y otorgan sentido a todo cuanto yo me empeño en desproveer de significado, y los pusilánimes que yacen junto a ellas por las noches las necesitan como a árboles viejos de tronco ancho a los que abrazarse para salir a flote, que siempre han sabido ellas consolarles en los momentos de decaimiento existencial o de crisis financiera con unas buenas torrijas o una grata felación en la ducha.
Me gustan también los abuelitos que rondan los noventa años y acuden solos a la consulta con cierto olor acre que desprenden las axilas porque tantos años de tabaco han terminado por minar su olfato, y sus hijas trabajan y carecen de tiempo para acompañarles, y ellos sonríen sin dientes y tienen las uñas sucias porque algunos son labradores y poseen terrenos en la zona de El Saler y a algunos se los han expropiado pero ellos siguen acudiendo solícitos a sus huertas labradas por otros y por eso necesitan pasar el examen de conducir, doctora, para acercarse con el coche a la huerta un ratito, doctora, y yo les digo que no deben conducir si ya nada puedo hacer para otorgarles más vista y ellos sonríen con la boca vacía y murmuran la vejez qué mala es y me conmueven tanto que les digo que sí, que conduzcan pero solo si está cerquita.
Y me gustan también esas señoras como aristócratas que lo han perdido todo y ya no se pueden permitir una consulta privada y contrastan sus alhajas con el calendario descolorido de la pared, y sus hijas las acompañan y les hablan con dureza sin ser conscientes de que ellas han adquirido el mismo rol de personita atildada que el de sus madres antes de caer en bancarrota. Y me gustan los jubilados que hablan de personalidades de mi cuidad que desconozco con sus nombres y apellidos como en una novela sudamericana y así se sienten un poco más importantes, y yo les escucho y finjo asombrarme mientras los exploro a toda prisa, mis seis minutos por paciente, y casi ni hablo, pero sonrío con crudeza.
Y me gustan los niños gorditos que no saben apenas hablar y las madres les reprenden como lamentándose de que no crezcan más rápido y los animo a que me digan si pájaro, coche o casa y les regalo bolígrafos con los que dibujan soles que luego tiro a la basura.
Pero no me gustan las mujeres de la consulta privada de por las tardes que tienden a la cuarentena y se quejan por minucias que debería resolver con la misma animosidad de espíritu de por las mañanas en Padre Porta, que me miran con remilgos y están tan bronceadas y quieren prescindir de gafas, altas ejecutivas de cuerpos fibrosos que moldean en el gimnasio cuando salen de trabajar a las diez de la noche cuyos hijos abandonados se preguntan por qué han venido ellos al mundo.
No me gustan las madres que acuden con sus hijos uniformados con logotipos de colegios concertados que lo toquetean todo y jamás son reprendidos a causa de esas teorías modernas de la educación sobre el" dejar llorar" y el "dejar hacer" para evitar así los traumas infantiles, como si fueran ellas las primíparas de la Historia de la Humanidad, si todos conocemos los beneficios de una buena hostia a tiempo, y yo balbuceo un tenue estáte quieto hasta que llegue el día en que los coja por el pelo y los lance por la ventana...
Yo no soy vendedora pero me vendo como una puta y sonrío ante las madres ejecutivas y ante las otras tan permisivas por unos euros que me permitan sobrevivir y les vendo cirugías milagrosas con las que retirar para siempre las gafas de cerca que tanto las afean porque resaltan la edad y es que todos queremos ser inmortales y yo quiero tener dinero y digo que sí que sí que sí a todo cuanto me preguntan sin ser consciente de que tal vez sí esté haciendo algo bueno también por ellas y sin ser consciente de que tal vez sí hallara consuelo en estas palabras.



lunes, 21 de mayo de 2012

LA SERP


Emule la serp al brossall:
deliri d'esquerdes la pell
i els pasos, celatge d'oneigs.
Jaia vinclada d'enyor
oberta la boca als ocells.
Esbatanada al somnieig!
Emule la serp a l'estiu
temuda, vençuda per sota
balls d'arrossegament.
I el seu esguard és l'ancoratge
de focs al solstici d'hivern.
Avança, torçuda, torçada

Emule la serp amb la pols
tatuada al ventre concís
per fer-li besar sens atur
plantacions de gessamí.
I mire com enfila l'arbre
de la branca i la pietat.
Ho abraça, va nugant la soga
que mai sofocarà el penjat.






miércoles, 18 de abril de 2012

LA SERP

Piel de serpiente.
Y no es la película de Marlon Brando, o hago referencia a cantautores cubanos.
Piel de serpiente, la piel de las serpientes se desprende como también lo hacen nuestras células estratificadas queratinizadas, partículas de las que uno quisiera deshacerse con mayor velocidad para dar cabida a lo nuevo subyacente. Las células van cayendo como cae la nieve donde diablos quiera que caiga, que jamás la vi por estas latitudes. Las células que conformaban nuestras redondeces, y dobleces, y esbelteces, y salientes omopláticos e ilíacos y recovecos endurecidos por el tiempo, las células que conformaban lo antropomorfo que nos nombra, las células que fueron manoseadas y devoradas por las fauces impetuosas de los galanes, las células que fueron diseminadas con las cremas y afeites, difuminadas como pigmentos en la paleta del pintor y homogeneizadas en su textura, las células que eran yo una mañana de lluvia o un día cualquiera en el trabajo hace tres meses, las células que tantos mares han cubierto en las costas del sur más escarpadas, erosionándolas como a las piedras de sus propios acantilados, las células que se llevaron mis amantes tras de sí entre las uñas y los dientes, adheridas a la lengua. Todas ellas se desprenden en un continuo caer de células muertas que son el polvo arrinconado en el pasillo de la casa.
Pero las serpientes pueden desprenderse de toda esa estratosfera epidérmica en un solo gesto, sin necesidad del transcurrir largo de los inviernos y los veranos. Sin necesidad de ir viendo romperse los trocitos que otrora fuimos en una eterna despedida. Las serpientes se desprenden de la piel así de cuajo, sin esa agónica  disección de los queratinocitos. Toda de una, reluce la serpiente nueva que queda tras la metamorfosis.
Esa que yo también quisiera para mí.

sábado, 14 de abril de 2012

DE VIENTO

No comprendo la complejidad que alcanza el cielo despejado cuando deja de estarlo. Hace tan solo un instante el cielo era algo llano donde no habitaban proporciones. Desmesurado, se expandía el cielo como los pulmones de un gran corredor.
Cualquier elemento depositado en el cielo que veía yo hace unos instantes hubiera carecido de coordenadas que lograran situarlo en el aquí y el ahora del cielo, porque el cielo que yo veía era un continuum de una sola dimensión donde nada puede depositarse sin quedar desprovisto de su tridimensionalidad.
Pero hace unos instantes, tan solo unos instantes, las partículas invisibles que habitan en lo llano del cielo cobraban formas inusitadas en las que sí se apreciaban proporciones. Y veía yo las nubes más grandes de más cerca, y el ir menguando de las nubes de más lejos. Veía una reducción de las nubes a medida que miraba yo más atrás, porque entonces sí había un más atrás desde aquel nuevo elemento depositado de pronto sobre el cielo que eran las nubes. Pero a su vez, no eran nubes escindidas de las primeras las que se situaban en planos posteriores, sino que era toda la misma masa nebulosa que, por lo desmesurada, se expandía en el cielo como músculos que se ejercitan en el organismo de un gran corredor antes de la carrera.
Las circunvoluciones de las nubes las convertían en un gran cerebro desprovisto de su cráneo. El gris era mayor en los rincones, en los pliegues, en las arrugas, y el resto a lo mejor era blanco. Pero el gris de las nubes más alejadas del cielo se convertía en azul.
Los grandes sesos que eran las nubes poseían una delimitación adecuada, sin esa difuminación típica del levante, sin ese no saber qué es cielo o qué es nube tan característico de estas latitudes perfumadas por el viento del levante que lo mezcla todo en una textura abigarrada donde se confunden verde, azul y amarillo y el viento le vuelve loca a una con ese gotear de las axilas y de los cueros cabelludos y le despigmenta también a una, y el rojo de los labios se mezcla con el verde de los iris y el marrón de las areolas mamarias. No, afortunadamente no era así, y la delimitación era la adecuada. Pero a pesar de lo grande del espacio que las envolvía, las nubes se replegaban sobre si mismas y parecía que crecieran hacia adentro. Entonces poseían aristas deformadas y eran poliedros atisbados a través de un cristal curvo con todas las aristas y los vértices concentrados en si mismos como en un gran cerebro hipertrofiado.
Entonces, solo entonces he pensado que la nitidez del día en que me hallaba permitía apreciar la complejidad de las nubes con mayor exactitud que en los días de levante, y pensé que el levante es engañoso porque mezcla colores y texturas que lejos de simplificar la imagen, la desconciertan a una tratando de distinguir los rebordes y las delimitaciones. La vuelven loca a una tratando de apreciar la verdadera imagen, necesaria para saber a qué atenernos.




jueves, 12 de abril de 2012

LA TETA QUE CRECE

Mi mano abarcaba mi teta derecha por completo hace una semana. Me gustaba colocarla encima, recogida en forma de cuenco para acoplarla a la convexidad de la glándula. Me gustaba sentir el pezón afilado rozando la palma de la mano derecha solapada sobre la teta derecha. Era una mama sin pretensiones, mediana tirando a pequeña, pero me gustaba. Porque no estaba el atributo femenino expuesto tan abruptamente a las miradas prolongadas y prorrogables. Y me sentía capaz de seducir desde otros órganos: la afilada lengua que dibujaba hermosas palabras, la mirada ambarina como polen esparcido por una abeja sobre una flor de otoño.
Pero me he dejado el pelo suelto y mi mano ya no abarca la convexidad de mi teta. Esta semana la mama ha alcanzado dimensiones inimaginables que no logro comprender. Parece un exabrupto en mi tronco diminuto. ¡Y la izquierda la ha imitado en su megalomanía!
El pelo ha crecido sin un rumbo predeterminado, y los reflejos áureos atrapan las miradas como a mariposas en la liviana red. Porto dos tetas execrables y el pelo dorado que comba mi cuello. Los hombres se giran a mi paso y me piropean y me ofrecen beneficios de los que antes no osara jamás gozar. No debo esforzarme en la palabra ingeniosa o en la mirada que azuce el espíritu desvaído. Me portan en volandas y no debo pensar en subterfugios para subsistir. Me ofrecen cada día camas y coches, joyas y ropa. Podría enriquecerme de los hombres a cambio de yo misma.
Hoy he descargado todo cuanto me sobraba en un estercolero. Y no hay mama hipertrofiada ni cabello plúmbeo. Tampoco las miradas en mi carne socavadas eran ciertas. Hoy he adquirido las dimensiones adecuadas para ser albergada en este tiempo escaso que nunca fue lo suficientemente hermoso para mí. Hoy he paseado bajo el viento de poniente que era frío al caer la noche. El viento de poniente otorga al paisaje una claridad inusitada, desprovisto ya de toda humedad que lo torne de un azul tamizado. Y ese mirar la silueta exacta da miedo.
Prefiero la borrosidad del levante que no es otra que la de mi propia miopía, absolutamente inoperable.

sábado, 31 de marzo de 2012

NOTA DE AVISO

Anoche vi Maridos y mujeres. Estaba sola en casa, estudiando, y algo me trajo a la mente esa película. Quisiera recordar qué. Me gustaría que mi memoria fuera mi almanaque, como esas personas que hablan del pasado nombrando los años en los que tuvieron lugar acontecimientos vitales relevantes: en 1994 me empastaron una muela; en 2003 Carminita tomó la comunión...
Desconozco mis acontecimientos vitales por años. Debería utilizar los dedos como cábala para el cálculo matemático en el que nunca fui muy ducha, y así saber si me fui de Erasmus en 2005 o en 2006. O si mi abuelo falleció en 2001 o en 2005. Y eso si hay algún hecho relevante que me sitúe en un lustro aproximado, porque de lo contrario no sabría ni tan siquiera a partir de qué cifra comenzar a calcular...
Cuando hablaba de las islas que conforman un mismo archipiélago me refería a algo muy concreto que no quisiera descifrar aquí, pero pensándolo bien, podría también aplicarse a esa manía mía de llevar a cabo mi propia existencia. Los acontecimientos que voy viviendo se van acumulando a mis espaldas aislados unos de otros sin elementos comunes que los aúnen bajo un mismo nombre geográfico... Mi vida se compone de imágenes muy nítidas que de ningún modo sabría ordenar por fechas o  por algún otro elemento clarificador o aclaratorio. No trato de que lo que me suceda quede impreso en papel de calco o papel fotográfico. No tengo documentos que avalen mi pasado, tan solo la memoria poco fiable y algún diario en el que me suelo lamentar de esto o aquello. No hay documentos gráficos de la mayoría de los años que han transcurrido ya. Poseo grandes y maravillosos recuerdos de mis viajes pero ni una sola imagen imperecedera. Y es que no me gusta mancillar el momento con una cámara perturbadora. Y a veces habita el caos en mí y no soy nada fiable como historiadora. 
Utilizaba agenda en el colegio y en el instituto. Algunas veces en la universidad. Pero ya en la residencia los quehaceres se iban acumulando en mi hipocampo como buenamente podía, o bien en las notas recordatorias del teléfono móvil. Y así ha sido hasta ahora. Creo que de esta forma soy más feliz porque me invade un sentimiento de liviandad del que antes, con agenda, carecía. (Y ello se lo debo al olvido de gran parte de los recados que por tanto, no acometo).
Como siempre, las películas de Woody Allen son un soplo de aire fresco. Me puse un pantalón vaquero y la cazadora sobre el pijama. Subí en la bici y pedaleé hasta el único videoclub en el que podrían tenerla, el de la calle Serpis. (Hacía poniente y eso siempre me altera un poco). 
La película es un remake de otras tantas películas de Allen en las que los protagonistas son maniqueos y previsibles y por eso, me gustan tanto. Por eso y porque una siempre se siente identificada con alguno de ellos. En mi caso, suelo ser Woody Allen y los alter egos que aparecen en la mayoría de sus películas cuando no es él el actor. Pero a veces soy también Mia Farrow y me enfurezco con ese personaje y con ese lado de mí misma que no me agrada: su andar de hombros caídos, su melancolía insobornable. 

¿Qué me trajo a la mente esa película? ¡Sí! ¡Ya me acuerdo! 

Y qué alivio siento al recordarlo...


martes, 27 de marzo de 2012

EL ARCHIPIÉLAGO DIVIDIDO


Todavía desconozco si las islas que conforman un mismo archipiélago poseen todas el mismo clima, la misma vegetación, los mismos animales que gozan en libertad y gozan también en el cautiverio. Si las roza el mismo cielo y las mismas nubes arborescentes, si son los mismos rayos los que las atraviesan durante el día. Si el agua que ondea en la orilla de la playa de una de esas islas llegará impelida por esa misma fuerza a la orilla de la playa de la isla siguiente. Ignoro la geología de las islas que conforman un solo archipiélago. Si la dureza de las piedras que se yerguen en sus acantilados es la misma en una u otra isla. Si la arena inasible se esparce ante un mismo soplo de labios en una u otra isla. Ignoro qué las hace pertenecer a un mismo archipiélago. Ignoro si sería posible que cada una de esas islas poseyera su propia selva y sus especies, su propio arroyo de agua dulce emergente de las profundidades de alguna cueva incauta. Ignoro si sería posible que procedieran de orígenes tan distintos que las situaran en un estado de permanente vulnerabilidad. Ignoro si sería posible que su origen fuera azaroso, orígenes tan distintos que no pudiéramos aunarlas bajo un mismo nombre geográfico.
No quiero pensar en una procedencia tan dispar de las islas que salpican una misma superficie. Prefiero pensar que son hermanas y que las protegen el mismo padre y la misma madre, y que gozan de los mismos genes y por lo tanto, gozarán de las mismas enfermedades y de las mismas virtudes. Prefiero vislumbrar las islas con mis prismáticos en un mismo espacio circular y soñar con que pueden existir autosuficientes pero sabedoras de su pertenencia a un mismo todo.

martes, 20 de marzo de 2012

DIOSA YO

La ventana de mi cuarto está entreabierta y se oye el viento como perros recién nacidos en un eterno lamento de existencia nueva. Y cuando se anclan a las mamas de la perra madre acallan su amargura, y aprietan suavemente el vientre rosado con una pata primero y luego con la otra, y así encuentran sosiego. ¿Encuentran consuelo ante la perra nutricia? Hay un desarraigo que me arrastra desde hace treinta años y ojalá fuera el viento el que me arrastrara en su capricho aleatorio, que este desarraigo no lo es. La condena, la esclavitud a la que me someto es la repetición del mismo doloroso fenómeno del desarraigo una y otra vez. Me extraen el pezón del hocico una y otra vez. Puedo sentir la leche agria en el paladar que me trae recuerdos dulces de sosiego y de consuelo. Y cuando prosigo y tropiezo con nuevos pezones que me atrevo a introducir de nuevo en la boca seca, y extraigo la leche mediante el acto succionador, de nuevo se me arrebata la mama, la teta, la areola, la tetina, la masa, la bola, la pera, la mamella. Y de nuevo he de proseguir masticando una pasta que sabe a jengibre.
Pobre de mí. Pobres de aquellos que se tropiecen en mi camino y se atrevan a enlazar sus lenguas con la mía como cañerías por las que se deslice la saliva ígnea, e introduzcan su boca dentro de mi boca como matriuskas desesperadas. Pobres de aquellos que intenten emular el acto succionador en mí porque serán expulsados sin hallar consuelo, sin hallar sosiego. Pobres de aquellos que sean tierra para mi exilio porque seré expulsada tras hallar consuelo, y sosiego. Porque nunca alcanzaremos la paz primera previa al nacimiento en lenguas rosadas o mamas nutricias o tierras calientes. El desamparo es lo único y debemos, de una vez por todas, soportarlo.
Es tan fatigoso el existir... Cuánto alivio encontraría enlazada a una placenta mediante el cordón umbilical, siendo así alimentada y oxigenada cada minuto y cada hora del día. Y acaso otro cordón que me anclara a otro cerebro, a los pensamientos de otro que fueran por fin los míos, que no sé dónde se gestan, los míos, dónde se maceran, en qué fragua de qué maltrecho artesano se forjan. Ojalá los pensamientos entraran en mí ya originados en otro órgano morulado, ya remodelados, pincelados, esculpidos, ya desprovistos de toda maleza, de todo sobrenadante, de todo desecho o porquería vistosa. Pensamientos livianos, alegres, vitales. Indispensables. Esos son los que yo querría. Ojalá mis articulaciones se movieran también impelidas por una fuerza motriz generada en otra fuente de energía que no fuera yo misma. Alguna llama incandescente que fuera pura y hermosa y las tornara vigorosas y flexibles. Ojalá mis ojos se impregnaran con las imágenes de otras retinas que ya hubieran seleccionado los paisajes más bellos de lluvia, de mar, de sol. Ojalá no fuera yo un ser como la arena que filtrara tanta agua prescindible hasta hallar alguna vez un artículo necesario.
Un artículo necesario.
Soy tan primitiva que solo hallo consuelo en el placer, y se me acusa de ello y se me tacha de hedonista y de intolerante al fracaso. ¿Quién en su sano juicio puede tolerar el dolor como un globo que se agranda en el pecho diminuto?
Deliro. Destilo un dramatismo que ni yo misma comprendo si comprendo qué es el placer y dónde hallarlo. Soy un ser desencaminado de la dicha y el placer porque me dieron ciento veinte vueltas con los ojos vendados y después me soltaron, y ahora voy dando tumbos, desorientada.

Nunca he entendido la unicidad que nos define y comprendería mejor una existencia de seres enlazados entre sí como una matriz compacta de dadores y receptores. Solo la cópula y la gestación se aproximan a mi ideal de existencia, cubículos unos de otros y nunca más el destierro. Continentes y contenidos los unos en los otros y nunca más la postura sola e inexacta. Perecedera.

Deliro.

Camino fuera del Olimpo y me acusan de taciturna. Y yo les digo: no, solo desamparada.


jueves, 23 de febrero de 2012

DE POETAS Y SOLES

Creo que la figura del artista se regodea ante la distancia que él mismo establece frente al objeto de deseo, porque es un estímulo constante para su condición creadora, así el burro espoleado por la zanahoria.
Creo que el masoquismo es condición necesaria para nutrir el temperamento artístico. Pero, ¿cuándo el masoquismo deja de serlo para convertirse en placer primigenio? El artista está tan sumido en sus fracasos cotidianos que no distingue placer de tortura, o halla tal vez placer en la tortura, o acaso sea el placer una forma de tortura porque aplaca su pulsión creadora.
Creo que la pulsión creadora se abate ante la pereza, que es fuente de placer... Así pues, el artista no puede hallar placer en la creación artística y por tanto, la creación artística es un acto de masoquismo en el que el artista se regodea como un cochino se revuelca en el lodazal.
Mis párpados se abaten por el sueño, llevo años sin dormir. Sumergirme en la incertidumbre que es la noche no me ha gustado nunca, tan oscura y tan cercada por el día que pareciera que existe por contraposición a la luz.
Echo de menos la luz impúdica del verano. Ese azote certero de blancura que quema.
Ahora trataré de dormir un poco.


http://www.youtube.com/watch?v=mB50Ni8ulbE&ob=av2e

jueves, 1 de diciembre de 2011

DE BISUTERIA

Hay días en que es mejor no osar levantarse de la cama. Despellejar la idea. Desprenderse del instinto de supervivencia que nos impulsa acudir a trabajar para "tener así algo que hacer; algo, sí, valioso y cuantificable, compensatorio, moralizante y moralizador, (des-) moralizante".
Pero existen tantos imperativos, ah, los imperativos, ésos... He cargado con el cuerpo des-alado y grávido, con el cuerpo que arrastraba a un metro tras de mí, reptante como una sombra. Serpenteante.
Ay, el desayuno, la radio del desayuno, las noticias y el café, el bocadillito de marras para no sucumbir a los desmayos por la inanición a la que nos aboca la intelectualidad más pura... Qué desnutridos quedamos cuando ascendemos del pensamiento profundo, ay, cadáveres quedamos, a las once, qué hambre desaforada , y el bocadillito que me nutra, me nutra...
Ay la ovación inicial de las ocho y media, los laudes, los oropeles. Ay la salvación, la salvación, la mano en la frente, la bendición, ¡la cura del ojo! La mistificación. La megalomanía, la megalomanía.
Pero ay la espera, la mirada despiadada, la lengua como látigo que me empapa, y las cenizas, las cenizas.
Ay la bicicleta que arrastrara mi cuerpo desnaturalizado, desmitificado. El regreso, la casa fría, las amigas. Me caldean la estancia con su aliento. La casa fría...
Ay el regreso al quehacer, a la imposición de manos sobre las miradas inhabilitadas, al resquebrajamiento de la forma, la masa, el volumen. Ay el sentirse desdichado, ay el joderle la vista al anciano, ay ay ay. Ay los reproches, ay el cansancio vencido por el miedo al fin, ay las fuerzas que me invaden por el miedo que ha vencido al cansancio para regresar a casa en la bicicleta con el lastre del cuerpo que pesa más que nunca, y la mente desvaída, no la quiero, así tan sucia, tan de harapos, no la quiero; quiero el lujo y el oro.
Me quiero de oro.
Ay la casa fría, la cena escasa. Ay la mente tambaleante, ay. Me siento, ya me siento, las piernas duelen, el cerebro aprieta. El miedo, la culpa. La posibilidad del error. La imposibilidad del no-error. ¡Ay las manos! Si se las mirara pareciera que tuvieran vida propia. ¡Ay mis manos! Fueron ellas, no yo. Me despojo de la culpa y el perdón. Fueron ellas, se movían, cómo se movían, aleteando sin sigilo sobre la mirada del pobre viejo, y la grieta en el volumen y en la forma de su ojo que no es ojo, ya, si no D-E-S-P-O-J-O.
Hay días en los que es un error el levantarse, siquiera, de la cama. Hubiera permanecido echada, mirando a la ventana, escuchando el goteo interminable del váter. Hubiera buscado la postura eterna. Hubiera habitado en mi cama durante todo el día, alimentándome de mi saliva, tragando la saliva sin ejercitar la mandíbula para nutrirme. Mi cama es mi reino. Y fuera de ella estoy en el exilio.
¿Y mañana? No se sabe, quién lo sabe.
Yo quiero aventuras trepidantes, yo quiero pasear por calles que me lleven a un recodo que desconozco. Yo quiero un cuerpo alado y la piel dorada. Entonces resplandecería y cegaría a todos cuantos me mirasen y yo sería la luz.
Y sin embargo, me oscurezco. Oscurece. Está oscuro.
Y hace frío.

lunes, 21 de noviembre de 2011

LA TAPADERA

Negro lo es todo, como el cielo de este litoral que se empeñara en reflejar nuestras conciencias y no al revés. Hará ya unas semanas que llovía y los días se acababan pronto, qué rabia la brevedad de los días y ese abrir los ojos para captar la luz del todo insuficiente. No sé si debido a los años transcurridos, los míos, pero desde hace meses el otoño se ha extendido como una manta que me tapa y me abrasaba en el verano con su calor inapropiado, y me enfriará en los inviernos con su escaso abrigo que aún no concibo. No sé si los años ya pasados me acercan más y más a la negrura, la negrura antes entendida como un fin, ahora entendida como un todo, y negrura ahora, ahora más que nunca. Soy un insecto atrapado en un bote de tapadera gris, y a la vez me tranquiliza ese saberme amparada por un fin que es estático y que da menos miedo, porque la negrura se quedará ahí,  cubriéndome como una manta, un abrigo, un tapiz.
Ya nunca rompe a llover, ya no, antes sí. Y el cielo está quieto y las nubes quietas y los ojos tremebundos se me diluyen. Pero me detengo y sé que no necesito más amparo que el de mi tapadera gris, asfixiante, tranquilizadora.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

EL TERCER SEXO

Los hombres han logrado alcanzar un estado que yo llamo GÉNERO NEUTRO o TERCER SEXO el cual resulta, en verdad, envidiable. Esto es, ante un hombre la condición de género queda inmediatamente diluida por todo "lo otro" que lo conforma y lo define: portador de bata y estetoscopio: doctor; portador de mallas ajustadas: bailarín; portador de gorro blanco almidonado: cocinero; portador de batuta y cadencia: director de orquesta; portador de volante y estampita de santo: taxista.
La mujer, ah la mujer. En la mujer aún no se han logrado aislar todos los apéndices sobresalientes, abultados y abominables de aquellos "otros" que persisten en un plano posterior y que bien podrían, asimismo, definirla: portadora de bata y estetoscopio: mujer doctor (mis tetas quedan a la altura de la mirada ingrávida de mi jefe, o eran mis tetas las ingrávidas, o su pene, quién sabe, cuando me habla); portadora de tutú y zapatillas rosadas como el vientre de un erizo: mujer bailarín (esa fragilidad de las articulaciones, podríamos disgregarlas y hacer de ella un solo tronco penetrable y perpetuable); portadora de gorro almidonado: mujer cocinero (como mi abuela, o mi madre; cómo alguien iba a aguardar un año y medio para tastar su guiso de lentejas si la condición de preparadora-de-lentejas es innata e indisoluble de su especie. Nota: mi abuela era una pésima cocinera); portadora de batuta y cadencia: mujer director de orquesta (se me ocurren otros sitios más angostos donde meterle la batuta); portadora de volante y estampita: mujer taxista (con esa delantera no necesita airbag adicional).
Qué le vamos a hacer, estamos tan adorablemente horadadas que una ya no sabe si la oquedad que la define es la de falo por error invertido, o la más propugnada de cero a la izquierda.

domingo, 13 de noviembre de 2011

MI PADRE

Mi padre está estudiando griego clásico para leer el Nuevo Testamento en su lengua original. Y ahora ha empezado también con el hebreo clásico para leer el Antiguo Testamento en su lengua original. Y hasta sánscrito para leer los Vedas... Mi padre abandonó el seminario hace años y durante una época se dio a la bebida. Nos amó de manera entregada pero blasfemando a cada rato. Con el aliento pestilente de vino barato. Su quietud de las tardes tras la siesta, inmerso en sus libros, en el silencio rancio de las tardes en que yo estudiaba en mi habitación y todo estaba quieto y a mí me inquietaba todo porque pensaba que eso no era la vida. La tarde trascurrida y yo leída y estudiada hasta la médula y luego las conversaciones sobre autores que él leía y a mí me daba miedo tan solo el abrir alguno de esos libros. Mi padre se cree ateo pero lee con furor las Sagradas Escrituras en su lengua original. Aún perdura su hábito inquebrantable de las tardes en penumbra, leyendo. Y ahora en el otoño me da pena, tan menguado de viejo que se ha vuelto, tan sin vino, sin delicias culinarias, sin su disartria ni sus blasfemias, tan dulcificado. Y yo menos estudiosa de ciertos ámbitos y más curioseadora de ciertos otros que me atañen más. Seguimos conversando en las tardes en que voy a verlo, tanto silencio, tanto de iglesia. Mi tío materno es monje de clausura de la orden cisterciense y cuando viene a vernos en las contadas ocasiones en que osa hacerlo lleva su hábito y a mí me da vergüenza pasear con él, como la vez que vino a verme al hospital para que le graduara la vista, aquellas gafotas tan ajenas a la moda y el olor de la tela del traje que portaba. Recuerdo los viajes a Palencia, a San Isidro de Dueñas, todos los críos en el coche y el monasterio más fascinante que mi imaginación de la infancia hipertrofiara para deleite de muchas noches de ensoñación. La sopa de patata y el pan de la mesa, el olor a incienso y los cantos de mi tío, las oraciones... Mi padre visitó hace poco el monasterio y pernoctó algunas noches y se levantaba con los cantos y miraba las misas y oía los maitines y el resto de nombres que no consigo recordar*. Pero él sigue siendo ateo, como yo**. Y toda esa vida me es tan ajena que causa hasta repulsa por lo trasnochado y lo caduco de sus ideas. Pero aún esos sueños del monasterio me reconfortan y mi padre mostrándome la grafía hebrea realmente compleja me gusta, y esa penumbra de las tardes y el sol cayendo del otoño y la estufa y las naranjas y el silencio de siempre, me gustan también y siento que se trata de una vejez prematura que me acompaña, yo, tan joven que parece imposible que no haya llegado ya al fin de mis días.



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  • Maitines: medianoche
  • Laudes: al amanecer, habitualmente sobre las 3:00
  • Prima: Primera hora después de salir el sol, aproximadamente las 6:00 de la mañana
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  • Sexta: mediodía, a las 12:00
  • Nona: sobre las 15:00
  • Vísperas: tras la puesta de sol, habitualmente sobre las 18:00
  • Completas: antes del descanso nocturno, las 21:00

** De todo aquello queda una pasión insólita hacia la música antigua: Tomás Luis de Victoria, Monteverdi, Bach, Biber...

Misa Criolla - Gloria (Léolo)

sábado, 5 de noviembre de 2011

ENVIDIAS

Cuánto tiempo hace que no expongo mis despojos aquí para que me deis patadas y me tiréis escupitajos. Me he comprado el libro de Viola Di Grado que ha generado  no pocas discusiones en no pocos blogs porque he pensado que tal vez me asemejara yo, o se asemejara ella (que es menor que yo, aunque ella ha publicado y yo no, quién escribió antes, aquél que antes fue publicado o aquél otro que escribe en el anonimato de su VAIO) a mi forma de escribir. Y es que una ya no lee por el mero placer de la lectura, edificante, sino que mira y remira los ardides del ser ganador de un premio y del ser publicado en una editorial...
Por mera curiosidad, no se vayan a creer, considero que el acto de publicar es el más osado acto de vanidad jamás cometido por nadie...

martes, 20 de septiembre de 2011

EL CEÑO

La verdad es que sí, era de labios fruncidos. No había sido consciente hasta que se lo dijera una tarde J. mirando fotos antiguas. El exclamaba: pero qué preciosa estás en estas fotos… Lo que a ella incomodaba bastante porque sabía que no era cierto, que aquellas fotos no rebosaban erotismo ninguno… Tal vez el erotismo era una pose, y como tal, forzada. Tal vez el erotismo era aprendido, pero ella sabía que sí existía una belleza universal de la que siempre había carecido. Por eso, cuando miraba las fotos antiguas, con aquellas cejas gruesas como maderos, aquel pelo que nunca se ajustó al marco de su cara, aquella barbilla salida que invalidaba la posibilidad de que todos los rasgos faciales permanecieran en el mismo plano… Cuando miraba aquella mirada de la adolescencia, penetrante para así equilibrar la ausencia de un atractivo mayor, una mirada que, por la miopía, viraba del verde desvaído al azul, oculto el color por las cejas velludas… Nunca le agradó su cara.
Se había arrancado algunos pelitos de las cejas con las pinzas antes de ir a la peluquería, como siempre, al azar. No encontraba ninguna línea anatómica que la guiara en su proceder. Así, las cejas quedaban despeinadas, desiguales como dos gatos hechos un ovillo. La peluquera la invitó a retocarlas y se excedió en su empeño. Ahora dos leves líneas quedaban de todas esas guedejas oscuras.